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Un hermoso cuento de Rafael Santos Torroella.


Érase una vez un pintor pobre ya muy viejecito que vivía en una humilde buhardilla. Los vecinos no sabían nada de el; solamente que se llamaba el señor Juan, que no tenía familia ni amigos y que se las arreglaba el solo en su modesto cuartito, teniéndolo siempre muy bien aseado y alimentándose poco mas que con un panecillo y una botella de leche que la portera le dejaba todos los días junto a la puerta de su vivienda.

El señor Juan había sido en otros tiempos un buen pintor, pero hombre sencillo y sin pretensiones, prefería pintar a su gusto y no al de las personas que estaban en buena posición, y que sin duda le habrían ayudado a ser rico y famoso. Así poco a poco fue perdiendo a sus clientes, hasta quedar completamente olvidado. Entonces, para ganarse la vida como pintor, tuvo que aceptar encargos muy humildes.

Últimamente su oficio no consistía más que en retocar mariposas. En la ciudad había muchas personas, niños y mayores, que coleccionaban estos bellísimos insectos en cajitas con tapas de cristal dentro de las cuales las colocaban atravesadas con un alfiler y con las alas extendidas. Y ya sabían que si por cualquier cosa alguna de estas mariposas perdía sus bellos colores, había que llevársela al señor Juan; quién enseguida la pintaba de nuevo, y muy artísticamente por cierto, con sus pinceles.

El señor Juan estaba un día inclinado sobre su mesita de trabajo frente a la pequeña ventana de su cuartito cuando descargó un fuerte aguacero. “Pobres mariposillas” –exclamó viendo a través de los cristales el cielo cubierto de nubes que se deshacían en gruesas gotas de lluvia- “El agua que está cayendo será muy cruel para las que no tengan dónde ampararse…” En esto, vio venir hacia el a una mariposa que agitaba angustiosamente sus alitas mojadas por la lluvia. Poco le faltó para que no pudiese llegar, pero hizo un esfuerzo supremo y consiguió cobijarse en un rincón de la ventana, quedándose ahí inmóvil, como si estuviera muerta.

El señor Juan la contempló un momento, casi con lágrimas en los ojos, pues estaba tan solo y se había familiarizado tanto con las mariposas, que aquellos minúsculos seres podía decirse que formaban parte de su misma vida. Abrió la ventana, y con muchísimo cuidado tomo suavemente a la mariposa por las alas y se la puso en la palma de la mano. “Oh, vive todavía” –exclamó viendo que la mariposa se había movido un poco- “Voy a ver si consigo salvarla… pero pobrecilla, que maltrechas tiene las alas, con lo bellísimas que debieron ser, a juzgar por las manchitas de color que aún le quedan”.

Entonces encendió una vela, y sin quitarse a la mariposa de la mano, la fue acercando y retirando, procurando que no fuese excesivo para ella el calor de la llama, hasta que consiguió que se secara por completo. Poco a poco la mariposa se fue reanimando, y hasta se diría que, al volver de nuevo a la vida, se daba cuenta de que el señor Juan la había librado de la muerte; pues en su mirada, en sus pequeñitos ojos se reflejaba una infinita gratitud.

El anciano pintor se puso contentísimo al verla revivir. Y entonces, decidido a coronar su obra exclamó: No importa mi pobre mariposilla que la lluvia te haya maltratado, ya verás que alas tan bonitas te voy a pintar”. Y en efecto, el señor Juan tomó los pinceles, los mojó en los tarritos de colores, y le fue pintando las alitas a la mariposa con los más bellos matices del arco iris. Ella, como si se diera cuenta de la obra del pintor, se dejaba hacer dócilmente, y al final, cuando éste hubo terminado, la mariposa radiante de alegría, extendió sus alas con orgullo y dio varios vuelos por la habitación como si estuviera en casa de la modista probándose un nuevo y elegantísimo vestido. Después dio varios giros delante del señor Juan, como despidiéndose, y salió por la ventana al aire libre, donde el sol ya lucía nuevamente.

Al otro día estaba sentado el señor Juan frente a su mesa de trabajo cuando al alzar la vista observó con sorpresa que tres mariposas revoloteaban con insistencia ante los cristales de la ventana, como si quisieran entrar. “Caramba, tres nuevas visitas”-se dijo el señor Juan- “Parece que quieren algo estas mariposas. Apostaría que han visto las alas que le pinté a su compañera, y vienen a pedirme de favor que les haga otras iguales”.

Y claro que esto era lo que querían las mariposas: apenas les hubo abierto la ventana el señor Juan, cuando corrieron a posarse sobre su mesa, entre los tarritos de colores y los pinceles. El señor Juan, repuesto ya de la sorpresa, puso manos a la obra. Y al poco rato, con sus nuevos vestidos de gala, radiantes de contento, salían por la abertura de la buhardilla las tres lindas mariposas.

A partir de entonces, raro era el día en que el anciano pintor no recibía la visita de tres o cuatro mariposas, que acudían a el para que las engalanase como a sus compañeras. Diríase que, contándoselo las unas a las otras, se había corrido la voz de su arte maravilloso por el mundo de tan delicados insectos. El señor Juan estaba contentísimo con esta nueva aplicación de su arte. “Que feliz soy” –se decía– “Esto me compensa de todas mis amarguras. Ellas, las mariposas, han sabido comprender el arte que yo tengo mejor que los hombres”.

Pero, ¡ay! abstraído en su trabajo el señor Juan se olvidaba muchos días hasta de comer. Sentado horas y horas ante su mesa ya ni siquiera salía a la calle en busca de los encargos que le permitían ganar algunas monedas con las que ir atendiendo sus necesidades, y claro el pobre viejo, aunque era feliz, se fue desmejorando poco a poco, hasta convertirse en poco mas que una sombra de si mismo.

Un día, al subir la portera como de costumbre a dejarle la botella de leche y el panecillo junto a la puerta, se encontró con que aún seguían ahí los que había puesto el día anterior. “Que raro” –exclamó- “¿Le habrá pasado algo al señor Juan?”. Muy preocupada llamó varias veces a la puerta. Pero nadie le contestó. Entonces fue a buscar una llave, y pocos minutos después cuando pudo entrar al cuartito, se encontró con el pobre anciano, y ya había muerto. Allí estaba, ante su mesa, con la cabeza caída sobre sus brazos. El sol que entraba a raudales por la ventana, le bañaba el bondadoso rostro. Debió morir muy dulcemente mientras trabajaba, pues tenía una sonrisa en los labios y aún sostenía un pincel entre los dedos.

Como el señor Juan no tenía familia y era muy pobre, la portera tuvo que avisar al Ayuntamiento para que éste se ocupara del entierro. Y aquella misma tarde acudió a su casa el humilde servicio municipal de funerales para conducir los restos del viejo pintor al lugar de su eterno descanso.

Pero apenas echó a andar el destartalado coche, arrastrado por un caballo de mala muerte y sin que nadie formara parte de la comitiva, cuando apareció delante de el una linda mariposa. Esta revoloteó unos instantes sobre el feo carruaje y después fue a posarse encima del ataúd. A los pocos pasos no una, sino diez mariposas hicieron lo mismo. Unos transeúntes que por allí pasaban se detuvieron muy sorprendidos al advertir la presencia de aquellas mariposas. Pero la cosa no paró ahí: unos metros mas adelante acudieron más de cien mariposas, a continuación otras cien y así, ante el asombro de la gente que se fue congregando en torno al carruaje formando copiosa multitud, millares y millares de alegres mariposas, todas ellas de colores bellísimos, engalanaron el coche fúnebre que conducía el cuerpo del señor Juan.

Nunca se había visto en la ciudad un entierro tan maravilloso. El anciano pintor recibía así el tributo de agradecimiento de las mariposas; y fue enterrado con un esplendor tal que hasta los mismos reyes envidiarían.

Tomado de “Mi Libro Encantado” 1959, Tomo 2, páginas 210-217.

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