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En 2008 escribí este cuento al recordar el 40 aniversario del 2 de Octubre de 1968.

Magnolia 131
Por Brizno.

“Ser periodista significa vivir
en permanente indignación…”

Elena Poniatowska

(A 40 años del 2 de Octubre de 1968)

Afuera se sentía un viento helado, demasiado frío aún para ser de principios de otoño. Era temprano, pero el anciano que ocupaba la enorme cama en una habitación recubierta de maderas finas y oscuras no tenía gana ninguna de levantarse. “Con trabajos me calenté -pensaba- y ahora tengo que salir al frío, nooo…” y se arropó en sus cobijas afelpadas.
Pasaron varios minutos antes de que se volviera a quedar dormido. La amplitud y soledad húmeda del caserón se hicieron aún más omnipresentes; sólo eran interrumpidas por los ronquidos del anciano, suaves unos; alterados otros. Y fué en la última tanda de ronquidos rápidos cuando éste se incorporó apresuradamente, tocándose el pecho y jadeando fuerte; visiblemente alterado.
“¡María, María…!” -gritó con un hilo de voz apenas- “María…!”
Decidió calmarse, dejar de gritar hasta que su respiración se normalizara. Pero sentía un dolor en el pecho que no cedía, era como si algo lo apretara. “La medicina… le dije a María que la dejara en la mesita… debe estar ahí.”
Pero el jadeo y su legendaria cobardía le aconsejaban que no se levantara aún en busca del frasco, ya se había caído varias veces cuando estaba en convalecencia, todo por necio. Así que esperó varios minutos hasta que se sintió más tranquilo, no obstante a que el dolor en el pecho continuaba. Se incorporó poco a poco, apoyándose en una de las columnas de su cama, y tambaleándose lentamente sin soltarse, con los pies alineó unas pantuflas cercanas y una a una, tocó el piso.
Sin soltarse de la cama todavía, a tientas la rodeó hasta dar con la mesita de noche, donde estaban sus anteojos y las pastillas. El vaso en la mesa estaba vacío, no había agua cerca y después de ponerse las gafas para revisar la etiqueta del frasco, tomó un par de pastillas y las masticó pausadamente. “Al fin que a estas horas todo me sabe igual” -pensó con resignación- “¿Donde puede estar María? A estas horas ya debería de estar aquí…”
Con la mirada buscó su bata de dormir, el frío en el cuarto aumentaba por momentos. Estaba colgada en la silla donde normalmente se sentaban los escasos visitantes, arrastrando las pantuflas fué hacia allá, se la puso y se sentó pesadamente. Se empezó a preocupar por el dolor de pecho, normalmente no duraba tanto después de tomar el medicamento… Y no le dió tiempo de seguir pensando en ello; súbitamente se sintió aliviado y más ligero, pero al mismo tiempo la habitación empezó a darle vueltas hasta que se esfumó por completo, y comenzó a ver y oír imágenes y sonidos de sus recuerdos, los reales, no los que había inventado a lo largo de los años:
“…juro solemnemente guardar y hacer guardar esta Constitución…”
“..señor secretario, haga favor de encargarse de estos penosos deberes…pero ya lo sabe, discreción absoluta”
“…lo buscan de la embajada de los Estados Unidos señor secretario, dicen que es urgente…”
“No se preocupe señor presidente, lo he coordinado perfectamente, todo saldrá de acuerdo a lo acordado”
“…todo está ya copado, bien… procedan de acuerdo a lo planeado, después de la señal…si claro, el señor presidente ya está enterado…”
“¿Como que no sabían..? ¡Identifíquense ante el ejército de inmediato, la orden es tirar a matar!”
“…mire don Julio, en la plaza han caído, sobre todo, soldados… QUEDA CLARO, ¿NO?”
“Quiero que vengan de inmediato el fotógrafo y al que filmó lo que pasó en la plaza, rápido, es importante…”
“Creo que no tengo que recordarles que el señor presidente confía en nosotros y necesita todo nuestro apoyo incondicional…”
“POR QUE…? ¡¡¡POR QUE!!!”
“¡ASESINOS, ASESINOOOO!…”

******
“¡Don Luis, don Luis, que pasó, ay no, ya no tiene pulso… una ambulancia, rápido por favor…!”
Apenas y alcanzó el anciano a escuchar los gritos de María que hablaba por teléfono, parecían tan lejanos, a pesar de que estaba a su lado: estaba tirado en el piso, se dió cuenta porque sólo veía las patas de la mesita de noche… y en ése último instante, no tuvo que voltear a ver el calendario para ver la fecha; ya la sabía. Y de repente recordó la portada de una revista de hacía 40 años, era la foto de un niño, un niño muerto a balazos en Tlatelolco. Lo último que pensó el anciano en vida fue que ése niño, a dondequiera que estuviera, tendría un destino infinitamente mejor que el suyo…

México D.F. 2 de Octubre, 2008

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